Cosas de niñas

En ocasiones, nos encontramos con situaciones que superan cualquier ficción y que ponen a prueba nuestra capacidad para actuar de manera ética y justa. Recientemente, hemos sido testigos de un caso alarmante en el que chicos adolescentes utilizaron inteligencia artificial para desnudar digitalmente a sus compañeras de clase y compartir esas imágenes a través de WhatsApp y las redes sociales.

Más allá del daño y la vergüenza causados a las niñas y sus familias, lo más preocupante son algunas de las reacciones que hemos presenciado en los periódicos digitales y las redes sociales. Comentarios como «¿De qué se quejan si luego salen casi desnudas por la calle?» nos hacen reflexionar sobre a quién culpamos por esta situación, ¿a los adolescentes que cometieron esta maldad o a las niñas por compartir fotos en las redes?

Esta situación me hizo recordar una noticia local que leí hace unos días: el regreso del concurso de misses al barrio de Tinasoria en Arrecife. Siempre he creído que cada persona puede tomar sus propias decisiones en la vida y, por supuesto, las candidatas participan voluntariamente en este concurso. Sin embargo, debemos preguntarnos qué responsabilidad tenemos como adultos para proteger a nuestras adolescentes en un mundo donde la imagen y la apariencia física tienen un peso desproporcionado.

La noticia del regreso del concurso ha generado cientos de comentarios en las redes sociales, y desafortunadamente, no todos son positivos. Frases como «más de una parece un queso maduro», «¿hay candidatas locales o solo latinas?», o comentarios despectivos como «miss chonisauria» y «candidatas a tiranosaurias» revelan un tono crítico y burlón.

En este punto, no puedo evitar pensar que si alguna de las candidatas se quejase de estas críticas injustas se la culparía por haber participado en el certamen, se le cuestionaría su derecho a que se respete su imagen, y su cuerpo y apariencia estarían sujetos a juicio, crítica y burla. Las concursantes, especialmente en la era de las redes sociales, están expuestas a un escrutinio implacable y a comentarios negativos, lo cual puede ser perjudicial para su salud emocional.

La constante competencia y el sometimiento a ser juzgadas y comparadas físicamente pueden contribuir a una imagen negativa de sí mismas. Las jóvenes pueden desarrollar inseguridades sobre su apariencia, y su autoestima puede depender en gran medida de cómo las perciben los demás.

Para construir una sociedad más inclusiva y respetuosa, es fundamental que todos asumamos la responsabilidad de nuestras palabras y acciones. Debemos ser conscientes del impacto que estas pueden tener en los demás y esforzarnos por promover un lenguaje y un comportamiento respetuosos.

Algunos problemas requieren que los enfrentemos con valentía y que la sociedad en la que vivimos actúe y reaccione de manera responsable. Cambiar estas mentalidades, garantizar el crecimiento y el bienestar emocional de las mujeres jóvenes es una tarea crucial que debemos abordar urgentemente.

Asimismo, es importante que las autoridades e instituciones públicas tomen medidas para prevenir y abordar casos de acoso, discriminación y violencia de género. La implementación de políticas y programas de educación sexual y de prevención del acoso puede ser fundamental para crear un entorno seguro y saludable para las jóvenes. Especialmente ahora, en un momento en el que hemos visto que todavía falta mucho por recorrer en términos de igualdad de género, un tiempo en el que han salido a la luz comportamientos sociales, mediáticos y políticos que creíamos haber superado.

Leticia Padilla

Coordinadora insular de Lanzarote En Pie

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